[La que sigue es la versión original, en español, de la ponencia que he presentado el 26/05/2026 en el seminario conclusivo del proyecto Erasmus+ The Ribbon of Nature (TRON). No siendo el español mi lengua materna, he utilizado una herramienta IA para revisar y corregir errores gramaticales.]

Empecé a dar clases en la escuela secundaria. No creía que me fuera a gustar —nunca antes
había pensado que quisiera ser profesor. Fue una experiencia dura... y
hermosa. Acababa de ser padre (nunca antes había pensado que quisiera ser
padre) y en la escuela, incluso antes que en casa, comprendí lo gratificante
que puede ser convertirse en una pieza del crecimiento personal de otros seres
vivos. Solo una pequeña pieza, y tal vez un poco burlada y temida (el duro
papel del profesor de escuela). Pero, de todos modos, un facilitador del
crecimiento de otras personas. Para bien o para mal, y entre mil
contradicciones, la escuela, al igual que la familia pero de forma distinta, es
esto lo que hace (o debería hacer): ayudar a las personas a crecer como
personas, más que llenarles la cabeza de reglas y nociones.
Cuando empecé a enseñar en la universidad, creía haber subido varios peldaños. De la
educación media a la "higher", por tanto... Enseñaría lo que había
estudiado, y lo que me parecía importante, a personas que habían elegido
estudiar antropología. Amo mi trabajo actual, me gusta enseñar e investigar.
Pero recuerdo muy bien el choque inicial de pasar de ser alguien que, con ocho
horas semanales en la misma clase, puede intentar transmitir valores como la
sensibilidad hacia los demás leyendo una novela con los estudiantes, o
pidiéndoles que entrevisten a sus abuelos sobre su infancia, o saliendo a
pasear por el parque público frente a la escuela, a encontrarme siendo el
engranaje de un sistema de conocimientos que funciona, básicamente, por
compartimentos estancos. En la universidad, la necesidad (o la manía) de
especialización nos empuja hacia la fragmentación del saber. En los cursos de
introducción a la antropología siempre empezamos explicando a los alumnos de
primero que la nuestra es una disciplina holística. Y realmente lo es. Pero es
difícil salir de la disciplinariedad que caracteriza no solo los cursos, sino la
propia lógica universitaria de los saberes acumulativos.
Creo que esprecisamente para reaccionar a esta desconexión que nació el proyecto Erasmus+
The Ribbon of Nature (TRON), que entrelaza las artes, la naturaleza y la
educación para experimentar metodologías y procesos de aprendizaje nuevos. Y no
es casualidad que naciera de la interacción de las fantásticas personas que
están aquí, de Limfjordsteatret, de Tomatierra y de la UCN: Sebas, Gitta, Hanne, Henrik, Bettina... pero, muy especialmente, Charlotte y Soledad. Gente de teatro que trabaja con el teatro para educar —para aprender junto con los participantes. Cuando me invitaron a participar,
dije que sí de inmediato: este proyecto toca exactamente lo que a mí me
interesa investigar y hacer como etnógrafo. No estudiar a la gente, sino
aprender con la gente.
Preparandoesta comunicación en los últimos días me vino a la mente una cita en la que no
pensaba desde hace años, aunque hace veinte que la tengo como firma de mi
correo electrónico. Dice:
“I hold thepresupposition that our loss of the sense of aesthetic unity was, quite simply,
an epistemological mistake.”
Es de Gregory Bateson, un antropólogo, biólogo, semiótico... un estudioso realmente
transdisciplinar al que debo una parte importante de mi pasión por la
antropología. La puse en mi firma tan pronto como la universidad me asignó un
correo como docente: lo hice para no olvidar que, incluso y especialmente si se
trabaja en una institución de educación formal y en un ámbito disciplinar que
con demasiada frecuencia se piensa como ciencia social, lo más importante es no
perder lo que Bateson llamaba el “sentido de la unidad estética”. En Bateson,
"estético" no remite a lo "bello" en el sentido artístico
convencional, sino más bien a la capacidad de sentir la conexión que existe
entre las partes de un sistema viviente: entre las galaxias más remotas y
nuestras sinapsis cerebrales, entre los seres animados e inanimados, entre el
ser humano y el mundo en el que está inmerso. Es la capacidad de sentir, no
solo de saber intelectualmente, que todo está en relación: que el aliento de
esta pequeña manada de animales humanos reunida hoy en esta sala —bastante
agradable para ser un aula universitaria— está conectado con el árbol que vemos
ahí fuera por la ventana, y ese árbol con todo lo demás.
La de Bateson, como científico, es una crítica hacia una ciencia que es excelente
descomponiendo de forma sistemática, pero que tiene dificultades para volver a
unir las piezas, para volver al todo. Por eso, perder el sentido de la unidad
estética del mundo es para él, ante todo, un error epistemológico: si es el
mundo lo que queremos conocer, no podemos hacerlo solo a través del análisis de
sus partes. Al separar al sujeto del objeto, la mente de la naturaleza y la
unidad de las partes, los animales humanos empezaron a sentirse distantes del
ecosistema en el que viven. Las consecuencias ecológicas, económicas, sociales
y existenciales están hoy a la vista de todos. Para él, hacerlo no es solo un
error que pagaremos, sino simplemente nos lleva a una descripción equivocada de
la realidad. Porque la realidad es sistémica, relacional, recursiva —y una
mente que no lo percibe está simplemente leyendo mal el mundo.
Sé que puedeparecer una posición al límite del misticismo, pero Bateson la fundaba en
argumentos rigurosamente científicos y yo creo que es importante para entender
la forma de trabajar que nos propusimos en The Ribbon of Nature. La idea básica
es intentar entender cómo ayudar a los participantes a reconectar(se) con el
entorno en el que viven, mediante dinámicas que les permitan centrarse no tanto
en las partes individuales (sabores, olores, conceptos, habilidades manuales,
sensaciones de un cuerpo que se cansa, tradiciones locales, la biodiversidad de
los territorios que habitamos), sino en cómo las partes individuales forman
parte, en realidad, de una sola “unidad estética”. Y esto, para mí, es lo que
realmente cuenta: en la educación, en el arte y en la antropología.
Repensando hoy en las dos semanas de talleres del proyecto (primero en Limfjord, luego
aquí en Granada), me parece que The Ribbon of Nature fue precisamente un
intento de aprender cómo recuperar el sentido perdido de la unidad estética.
Como antropólogo, no puedo evitar pensarlo como una oportunidad de reflexión
metodológica sobre la propia etnografía como forma de conocimiento. Aquí en
Granada hemos trabajado sobre todo a partir de un dispositivo bien conocido por
los antropólogos: el diario de campo.

El diario decampo es, en la tradición antropológica, una herramienta epistémicamente
ambigua. Por un lado, es el espacio donde el etnógrafo registra observaciones,
describe eventos y transcribe conversaciones; por otro, es el lugar donde se
manifiesta más explícitamente la subjetividad del investigador, con sus
proyecciones, sus inversiones emocionales, su ceguera. Yo creo que la
ambigüedad no es un defecto que corregir, sino una característica estructural
que asumir conscientemente y transformar en una herramienta de conocimiento. En
cuanto escritura privada y provisional, es el lugar donde la normatividad de la
antropología como disciplina académica es menos opresiva, y el análisis, menos
vigilado: es el lugar de una reflexión que aún no se ha desprendido del todo de
la experiencia, pero que ya es una primera forma de digestión de la experiencia
vivida.
En los manuales de etnografía, es una herramienta que debe ser sistemática,
estructurada por categorías, lo más fiel posible a una descripción exacta de
las realidades observadas y de las conversaciones mantenidas con los
“informantes”. En la realidad, para la mayoría de los etnógrafos que me gustan,
es sí un archivo de información, pero también una válvula de escape, un
contenedor de intuiciones y, sobre todo, una herramienta narrativa. Un relato
—desestructurado, incierto, imperfecto— del proceso de investigación.
Precisamente esta naturaleza narrativa lo convierte, para mí, en la mejor
herramienta para intentar recuperar la unidad estética: el lugar donde se
conecta una anécdota aparentemente insignificante con un complejo sistema de
valores culturales, o el sabor inusual de un plato que hemos probado con todo
un sistema de conocimientos botánicos.
En el caso de The Ribbon of Nature hemos querido dar un paso más. No solo hemos intentado romper la visión demasiado cientificista del diario de campo, sino que hemos propuesto incluso
pensarlo como un objeto que contiene, en su propia materialidad, una relación
diferente con el contexto, la naturaleza, la experiencia de investigación y la
escritura. Construir el cuaderno partiendo de la pulpa vegetal, hoja por hoja,
interviniéndolo con plumas, colores y materiales encontrados durante la larga
caminata que hicimos de Granada a Beas, y luego en los días posteriores en los
talleres de arte, de fibras naturales y de cocina, le dio una nueva dimensión.
De herramienta (solo) de categorización de datos, y de introspección, de
asimilación personal e intelectual, se transformó en una herramienta de
apertura y conexión. Son diarios de campo abiertos los que ven aquí en la sala,
que muestran en su propia materialidad la interacción con la naturaleza y el
proceso de aprendizaje resultante.

Uno de los presupuestos implícitos del proyecto TRON es que los procesos de aprendizaje no
ocurren exclusivamente en las interacciones entre seres humanos, sino en un
campo relacional más amplio que incluye a los agentes no humanos de los
territorios en los que vivimos (las plantas, los animales, los paisajes
sonoros, los materiales orgánicos e inorgánicos). Esta perspectiva se inscribe
en una corriente teórica cada vez más consolidada en la antropología
contemporánea, que va desde los trabajos de Tim Ingold sobre el habitar y el
recorrer, hasta el giro ontológico que ha vuelto a poner en cuestión
la frontera entre naturaleza y cultura, pasando por la actual antropología
multiespecies, que intenta tomar en serio a los agentes no humanos como
protagonistas de la investigación etnográfica (Kirksey y Helmreich 2010). El
diario de campo, en este marco, no es solo una herramienta para registrar las
interacciones entre seres humanos, sino un dispositivo para visibilizar las
conexiones entre el cuerpo del investigador y el entorno más que humano en el
que se mueve.
En este sentido, las actividades pensadas para la larga caminata Granada-Beas son
ejemplares. Al principio, nada más dejar atrás la ciudad, pedimos a los
participantes que cerraran los ojos y repensaran su mañana, desde el momento de
despertarse hasta llegar al claro en el que estábamos sentados en círculo.
Recordar las sensaciones, las elecciones hechas, qué había fuera de la ventana
nada más abrir las contraventanas, quién caminaba delante de nosotros, detrás
de nosotros. Quién teníamos en ese momento enfrente, al lado. Luego caminamos
en silencio, prestando atención a las relaciones entre nuestro cuerpo y el
paisaje: los sonidos, los olores, los estímulos visuales. Hay toda la
antropología del mundo en estos simples gestos de apertura al contexto en el
que estamos inmersos.

Luego, aprovechando que el recorrido coincide en parte con una vía pecuaria, trabajamos partiendo de la relación animales humanos / otros animales,
desmontando su dualismo y desdibujando las fronteras entre naturaleza y cultura. Partiendo del impulso de la antropología de “hacerse nativo”, y estimulados por un texto verbal
introductorio anclado al paisaje real en el que nos encontrábamos, la
invitación fue a “hacerse oveja” (farsi pecora): a intentar entender, con todos
los sentidos (amplificados por un paisaje sonoro preparado previamente), cómo
vive una oveja la transhumancia.
La experiencia, a través del paisaje sonoro, no fue tanto una
actuación artística, sino un ejercicio de sensibilización estética —que, como
ya sabemos, es ante todo una operación epistemológica. Suspender
momentáneamente la comunicación verbal —la herramienta privilegiada de la
interacción académica— y dejar que la atención se distribuyera por otros
canales sensoriales modificó el tipo de relación que los participantes
establecían con el entorno. Una vez interrumpida la cadena de explicaciones, se
abría un espacio en el que el aprendizaje podía ocurrir de forma lateral e
incorporada, en lugar de por transmisión frontal de contenidos.

Este tipo de aprendizaje —que Ingold (2001) llama wayfaring, y que podríamos traducir como
un "conocer-en-el-recorrer" (opuesto al "conocer-antes-de-partir")— es
estructuralmente incompatible con la lógica de la planificación didáctica
universitaria. O al menos, tal como la conocemos aquí y ahora. También por esto
elegimos no proponer a los participantes un simple paseo sensorial, sino una
larga caminata (16 km). Sin el tiempo y el espacio fluyendo alrededor y dentro
de nosotros; y, sobre todo, sin un cuerpo que se cansa y se vuelve más
dolorido, más hambriento, más sediento, no creo que hubiéramos conseguido
percibirnos como parte de un entorno más amplio e interconectado, en lugar de
como simples contenedores de capacidades cognitivas.
En mi diario de ese día escribí que “fue el cansancio corporal el verdadero hilo conductor
de la experiencia”: no un elemento accesorio o un coste que minimizar, sino la
condición que hizo posible un tipo de atención diferente a la que se produce
sentado en un pupitre. Otra cosa que anoté repetidamente en mi diario durante
los días de taller es una sensación que me cuesta describir de forma
completamente satisfactoria en términos académicos: la de estar finalmente
dentro de un proceso en el que las cosas tenían sentido no porque hubieran sido
planificadas para tenerlo, sino porque se conectaban orgánicamente entre sí.
Esta sensación contrasta de forma neta con la experiencia del trabajo
universitario ordinario que mencioné antes: un trabajo dividido en
compartimentos estancos, en el que la especialización disciplinar y la lógica
burocrática de la institución tienden a aislar en lugar de conectar.
Una escritora que amo mucho, Robin Wall Kimmerer, bióloga nativa americana
(Potawatomi), describió el momento en que dejó de querer ser la fuente
principal de conocimiento para sus estudiantes y empezó a dejar que fueran las
propias plantas las que enseñaran: no como un recurso retórico, sino como una
elección metodológica basada en el reconocimiento de que las plantas tienen su
propia agencia en los procesos de aprendizaje. Me gusta pensar que algo análogo
sucedió con The Ribbon of Nature: que el “lazo de la naturaleza” nos permitió conectarnos y
conectar sensaciones y pensamientos que con demasiada frecuencia son quizá
profundos, pero aislados. Los diarios de campo que ven aquí fueron las
herramientas a través de las cuales intentamos no solo documentar el proceso,
sino hacerlo nuestro.
El último día, observando la forma en que los participantes trabajaban junto a Natalia
Tamayo con sus cuadernos —integrando materiales recogidos, dibujos, anotaciones
escritas— vi respuestas a preguntas que no habíamos formulado en voz alta. La
experiencia de la semana había creado las condiciones para que esas preguntas
pudieran emerger de forma autónoma. Pensando en el proyecto, y en cómo quiere
ser un banco de pruebas metodológico para “formar formadores” capaces de
facilitar a otros el camino hacia el reencuentro del sentido de la conexión con
la naturaleza a través del arte, me pregunto cómo “traer a casa” esta
experiencia de conexión orgánica, integrándola en mi forma de enseñar
antropología en la universidad. No tengo una respuesta, pero hacerse la
pregunta ya es algo. Gracias.
